A propósito de El príncipe de Maquiavelo

El pasado 10 de diciembre se conmemoraron los 500 años de la publicación de El príncipe de Nicolás Maquiavelo. Sin duda una obra que ha dado mucho de qué hablar a lo largo de estos años. Hay quienes insisten en ver a la obra como un compendio de consejos para la maldad y la política sin ética. Yo prefiero la lectura que enmarca esta obra en la defensa de la república hecha por Maquiavelo junto con Los Discursos. Me gusta pensar en El príncipe como una obra que no sólo iba dirigida a Lorenzo de Médici, si no al mismo pueblo para el conocimiento de los gobernantes, para ello encuentro en la propia dedicatoria del libro una advertencia:

“Para aquellos que hacen mapas, es preciso situarse en la parte baja de los valles para estudiar y dibujar las montañas y los cuerpos de tierra elevados, y hacerlo en las montañas para tener una mejor vista de los valles y planicies; así para entender y conocer al pueblo es preciso que un hombre sea príncipe, y para conocer claramente a los príncipes es necesario pertenecer al pueblo.”

Es por ello que en esa misma introducción, le dice al príncipe que escribe la obra en un lenguaje simple, que todo mundo pudiera entender. Es claro su propósito, es un rompimiento con Platón o Aristóteles que utilizaban conceptos y lenguaje que sólo eran comprendidos por los más doctos. Maquiavelo, al contrario, habla de aspectos de la Realpolitik de manera franca y abierta.

Sin embargo, Maquiavelo se describe a sí mismo como alguien con una amplia experiencia en las cosas modernas y una continua lectura de las antiguas. Es por ello que él es el puente con la tradición clásica del estudio de la política y fundador de una nueva forma de estudiarla de manera sistemática y comparativa. Influido por el historiador romano Tito Livio, Maquiavelo construye su obra estudiando la doble dimensión de la política: los hombres y su personalidad, y , las instituciones, leyes y costumbres.

Estas dos dimensiones, están reflejadas en la fundación de Roma, que describe Livio; por una parte, se tiene a Rómulo, gran líder y guerrero sanguinario. Por otro lado, se tiene a Numa Pompilio, que se dedica a la creación de leyes e instituciones políticas. En Maquiavelo, esta doble dimensión de la política está contenida en dos de sus obras: El príncipe y Los discursos. En la primera se describe al hombre fundador de ciudades, rasgos de su personalidad y del tipo de liderazgo que deben tener estos hombres para construir una nueva ciudad. Nos muestra, también, la prudencia que debe tener el príncipe, que consiste, en calcular y tomar decisiones en el momento y lugar indicados. En la segunda obra, más extensa, trata el tema de las instituciones y cómo estas, en conjunto con las leyes adecuadas, ayudan a que una ciudad se mantenga en el tiempo.

A diferencia de los clásicos, Maquiavelo no hace ningún juicio de valor acerca cuál debe ser el “Estado sano”, por el contrario, afirma en El príncipe que lo que la ciudad vaya a ser depende del momento de su génesis. Así, observa que el hombre forma sociedades ante el miedo a perder la vida, sin embargo experimentar las injusticias del hombre contra el hombre permite dilucidar cuál es la base mínima para la cooperación y la vida en paz. Esta visión de la política y sociedad, sin duda es de disuasión a lo injusto y no la presunción de que la sociedad por el hecho de formarse tiende al bien común, como se observa en otros pensadores griegos.

Las ciudades, por tanto, las divide en dos, en aquellas que fueron fundadas libremente y aquellas que no. En las primeras, las personas estaban acostumbradas a vivir de cierta forma y en armonía bajo reglas establecidas, en estas ciudades los habitantes estarían acostumbrados a la libertad y en consecuencia devendrían en modelos de monarquía o república. Mientras las segundas, eran conquistas o colonias, donde no había reglas propias y los habitantes, por tanto, poco estaban acostumbrados a la libertad, de estas sociedades surgirían las dictaduras y las tiranías.

Para cualquiera de las dos formas de fundación, está presente el conflicto como forma, pues Maquiavelo sabía que la unidad no es consensual y sin divisiones, por el contrario, pensaba la unidad en la diferencia, pues tenía en cuenta que en cada sociedad hay grupos e intereses distintos que luchan por el poder. Por ello, es importante el conflicto fundacional, pues éste debe después estar imbuido en las instituciones para que la gente no lo olvide y se vuelva, decía, ociosa y por lo tanto presa de enemigos exteriores. Así pues, la tensión entre la paz y el conflicto es clave para entender la visión política de Maquiavelo.

En toda sociedad, se observa que hay dos agentes principales que la componen: la élite y el pueblo. Su relación es como la que describe Maquiavelo en El Príncipe, “por un lado, el pueblo no desea ser dominado ni oprimido por los grandes y, por otro, los grandes desean dominar y oprimir al pueblo”[1]. La élite, explica, está formada por el príncipe y la nobleza. La virtud del príncipe será dominar, así como, conseguir el poder y acrecentarlo; mientras que la virtud del pueblo será no ser dominado y vigilar al príncipe. El príncipe, en su significado original de “el primero”, tendrá que ser creativo, como otrora Rómulo, para fundar la ciudad y el pueblo será el encargado de mantener la sociedad. Esto último, quiere decir, que si un príncipe no consigue el favor del pueblo, no podrá gobernar por mucho tiempo.

Sin duda, estas enseñanzas de El príncipe, son la base para el estudio moderno de la rendición de cuentas y de la propia esencia de la democracia. Son reflejo, sin duda, de lo que le tocó vivir a Maquiavelo en la invasión francesa a los estados italianos. Pero ante todo, es un texto sumamente vigente sobre la relación entre gobernantes y gobernados y, añadiendo lo escrito en Los discursos, sobre las instituciones y su efectividad. A 500 años de El príncipe, siempre vale la pena regresar a sus páginas.


[1] Maquiavelo, Nicolás. El Príncipe. Cáp. IX. Alianza Editorial, España 2003. Pp.72

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