Voto nulo, de castigo y transición democrática. Re-lectura de algunos textos de Lujambio.

Hace algunas semanas discutía con mi amigo César Montiel (@oleacesar) sobre la calidad de algunos análisis que hacen los columnistas en los medios de comunicación en México. César concluía que a muchos les hace falta enfatizar los efectos que ha tenido la transición política y el pluralismo en ciertas variables de la vida institucional, estoy de acuerdo. Traigo esto a cuento por la infinita discusión que se ha dado en torno al valor del voto nulo en México. Aquí mismo, en diciembre del año pasado, decía que era un tema que se tenía que discutir tanto como se hizo en el 2009.

No voy a adentrarme en los detalles de la discusión, basta que se asomen al TL de @javieraparicio (contra el anulismo) o de @ppmerino @denisedresserg o @jicito (a favor). En general diría lo siguiente, quienes llaman a un voto de castigo apelan a la idea de generar contrapesos en el sistema y hacer con ello más funcional a la oposición. Del otro lado, muestran que es inútil generar estos contrapesos en un sistema atrofiado que no tiene conexión con las preferencias de los ciudadanos, por lo que pretender castigar con el voto es poco menos que un absurdo.

En este debate quisiera meter algo a favor de ambas perspectivas, porque creo que tienen razón y que en realidad están viendo dos momentos del sistema, conectados en la propia historia de la transición, que en varios ensayos y libros documentó Alonso Lujambio.

La oposición que sirve

Releí algunos de los ensayos recogidos en el libro de “Estudios Congresionales”, en ellos, Lujambio, a través del análisis de la composición del congreso mexicano, estudia la transición política del país. Cada escaño que perdía el PRI construyó el camino a la democratización de México. Fue el PAN, por ejemplo, el que presionó al gobierno por la reforma electoral de 1963 en la que se introduce la figura de diputados de partido. La elección del 58 fue tan inequitativa para el PAN que éste pidió a los diputados que había ganado que no se presentaran al Congreso y retiró a sus representantes de la comisión electoral, lo que obligó al régimen a emprender reformas para mantener la legitimidad del sistema.

Este precedente fue clave para las reformas que siguieron, el gobierno contaba con una amenaza creíble de que la oposición podía poner en aprietos un sistema autocrático. Desde entonces empezó a crecer la oposición en la cámara, se hicieron reformas electorales, económicas y sociales que probablemente el régimen no hubiera hecho sin la presión opositora. La irrupción del PRD a finales de los 80 aceleró el ritmo de cambio que se venía gestando desde la década anterior.

Tomada del libro

Tomada del libro “Estudios Congresionales”

En otra obra (Democratización vía federalismo), Lujambio analiza cómo el cambio en la distribución del poder desde la periferia presionó la democratización a nivel federal. Desde la primera alcaldía que ganara el PAN en El Grullo, Jalisco en 1942 (aunque no se logró tomar posesión), la que siguió en Quiroga (1946), hasta la obtención del registro como partido político nacional en 1948, como opositor presionó desde la esfera local por cambios en la legislación electoral que tuvieron impacto hasta el nivel federal. A través del reclamo de cada victoria, aún a costa de las amenazas del régimen, se logró la mejor representación de los intereses locales. México no sólo tenía hijos de la revolución, si no pequeños comerciantes, empresarios y ciudadanos que encontraron en el PAN una auténtica plataforma de participación política, como lo muestra Soledad Loaeza en su extenso estudio sobre el PAN.

Del lado del PRD, su aparición demostró que el PRI no era invencible, que era posible una opción de izquierda fuera de la familia revolucionaria que uniera a los antiguos partidos socialistas y que representara una salida política viable, desde la izquierda, para miles ciudadanos, como lo explica de manera clarísima Kathleen Bruhn. Su papel de vigilante al gasto y promotor de políticas redistributivas ha generado mayor atención a temas de política pública como pobreza, discriminación, inclusión económica, entre otros.

Con estos breves recortes quiero decir que la generación de contrapesos efectivos al sistema ha sido motor de buena parte de los cambios institucionales a lo largo del tiempo.

La oposición en su comodidad

En “Adiós a la excepcionalidad mexicana”, Lujambio decía que precisamente la llegada del gobierno dividido era un parteaguas para la dinámica institucional del país. Por primera vez, el partido gobernante tenía que hacer alianzas en el congreso, todos tenían que re-aprender su papel dentro de la democracia mexicana. Y así fue. Desde entonces ningún presidente de la república ha gobernado con mayoría. Todos han tenido que pelear (salvo el periodo del Pacto por México) por sus reformas. Pero se mantenía una peculiaridad dentro del sistema, a pesar de la fragmentación moderada del congreso (tripartita) se observaba la cooperación entre las fuerzas políticas desde el principio del gobierno dividido.

De hecho, Lujambio en “El acertijo constitucional. A seis años del gobierno dividido en México”, decía que esa configuración del congreso presionaba a que los partidos asumieran posiciones públicas de sus actos. Y que si bien se corría el riesgo de parálisis se limitaba la irresponsabilidad:

“…La parálisis entendida como indefinición es peor que la continuidad del status quo producto de desacuerdos discutidos, deliberados, argumentados y votados. En la parálisis-indefinición reina la irresponsabilidad. Por el contrario, cuando algo se aprueba o se rechaza en el Pleno de las cámaras, cuando se vota finalmente un asunto, cuando se fijan posiciones, los partidos se responsabilizan cabalmente de ello ante los ciudadanos (y ya ellos se encargarán de juzgar, desde su óptica política e ideológica, si la posición adoptada por éste o aquel partido es responsable o irresponsable”. (ALI. El acertijo constitucional)

Lujambio mostraba su convicción democrática por el disenso, asignaba a los partidos la tarea de responsabilizarse como contrapesos mutuos y dejaba al ciudadano la libertad de elegir entre sus opciones. Pero, este texto del 2003 no vio la historia completa de la pluralidad política en México. El sistema se fue reformando, la oposición obtuvo más espacios, las reformas de transparencia de principios de los 2000 mostraron que se pueden traducir las preferencias de la ciudadanía en piezas legislativas útiles y que generan rendición de cuentas. Pero, no se avanzó en concretar mecanismos de conexión directa entre los políticos y la ciudadanía a través del voto.

En el artículo 59 Constitucional (reelección) está la clave, como lo escribiera Lujambio. Si bien la constitución de 1917 no prohibía la reelección consecutiva de legisladores, en 1933 se prohibió por un afán de control del régimen “revolucionario”. Fue hasta 2014 cuando este mecanismo se reintrodujo en la legislación, aunque sufrió modificaciones que siguen dejando a los partidos el control de la carrera de los políticos[1].

Lo que ha pasado es que la oposición no ha logrado impulsar reformas que verdaderamente hagan participe al ciudadano de lo público. La pluralidad política que trajo la primera ola de reformas políticas evidencia, con el paso del tiempo, la necesidad de mejores arreglos que incluyan al ciudadano en la definición del interés general. El sistema de contrapesos ha fallado para acercar a los ciudadanos a la política. Los partidos políticos han fallado en ser instrumentos de la ciudadanía para el acceso al poder. Los ciudadanos no cuentan con canales suficientes dentro del sistema para expresar sus preferencias. Se reformó el 59, pero con un sesgo hacia los partidos antes que hacia el ciudadano.

Todavía no hemos probado cómo funcionará la reelección en México, pero sabemos que su legislación quedó limitada. Que la última reforma electoral dejó regulaciones costosas para los ciudadanos que quieren participar en la política de manera independiente. Es claro, entonces, por qué una parte importante del debate del voto nulo es sobre la representación política y papel de la oposición en México. Lo anterior, nos plantea un dilema de cara a la elección, generar contrapesos al régimen o evidenciar el mal funcionamiento del sistema (anulando) para presionar un cambio institucional mayor.

¿Cómo salir? Se debe ver que es un dilema aparente, en ambas vías la probabilidad de que una reforma ocurra son inciertas, no hay garantías (en todo caso se podría elegir al azar entre castigar o anular). Si bien la historia de la transición muestra que la apertura y democratización se dio a través de los partidos, también se debe analizar lo que ha ocurrido en los últimos años. La pluralidad política y social ubicó a la oposición en una situación de comodidad y autocomplacencia. Dejaron de luchar por mejor representación para la ciudadanía, y, por el contrario, ataron sus espacios de poder a los recursos que podía distribuir el sistema. La aparente competencia electoral y formación de nuevas expresiones políticas hizo que olvidaran abrir nuevos canales de representación.

Sin embargo, considero que la oposición política y los contrapesos democráticos generan mejores condiciones para el cambio en el largo plazo. Si el anulismo plantea una agenda de transformación, lo debe hacer también quienes voten pensando en construir contrapesos. Esta agenda debe plantear al incumbent los costos de la no reforma (en pérdida de escaños) y mostrar a la oposición encumbrada los beneficios de la conexión con la ciudadanía para la supervivencia democrática[2]. La estrategia tiene sentido, para despertar en los partidos la “ambición presidencial” de la que hablaba Lujambio y con ello hacer funcional (como lo ha sido en muchos casos) el sistema de pesos y contrapesos de la incompleta democracia mexicana.

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[1] La primera reforma para eliminar esta anomalía democrática la presentó Alfredo Reyes Contreras del desaparecido PPS, en 1989, posteriormente la presentaron legisladores de distintos partidos entre los que destacan: Demetrio Sodi (PRD, 2003); Raymundo Cárdenas (PRD, 2003); Felipe Calderón (PAN, 2002); Francisco Yunes Zorrilla (PRI, 2001); Omar Fayad (PRI, 2003); Germán Martínez (PAN, 2004). Ya como Presidente, el propio Calderón la presentó dentro de su decálogo de reforma política en 2009.

[2] Incluso esto último podría aligerar las cargas clientelares de los partidos. Al haber más incertidumbre sobre los resultados, el voto clientelar tiene menor valor.

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