La política en México: ¿consolidación democrática o deterioro?

Reseña publicada en la edición de mayo de la Gaceta del Fondo de Cultura Económica

Este año electoral muchos ciudadanos acabarán hartos de la propaganda de todos los partidos y candidatos, otros se sentirán decepcionados de que una y otra vez se promete lo mismo, otros tantos tendrán la ilusión del cambio. Cualquiera que analizara desde fuera una campaña electoral en México, difícilmente entendería el entramado de reglas, los cruces ideológicos o partidistas, las referencias históricas y las pocas ganas de construir narrativas. Quizás le sorprendería la vehemencia con que cada candidato defiende que, de triunfar, habrá más igualdad, menos corrupción y que se vivirá bajo el imperio de la Ley.

Sin embargo, es algo que no sorprende a Roderic Ai Camp (Estados Unidos, 1945), uno de los “mexicanólogos” más importantes de la ciencia política americana. Prácticamente la totalidad de sus más de 30 libros están dedicados a estudiar la política en México o algunos de sus temas más relevantes. Recientemente, el Fondo de Cultura Económica tradujo uno de los más recientes: La política en México ¿Consolidación democrática o deterioro? (FCE, 2018), en el que aborda los procesos políticos en el país desde la Independencia hasta la elección presidencial de 2012.

Este libro no es lo más ortodoxo de la ciencia política estadounidense, cuya tendencia parece ser rivalizar con las matemáticas por número de ecuaciones. A través de un enfoque ecléctico que mezcla historia, cultura, estructuras y relaciones exteriores lleva al lector por los momentos más trascendentales la política del nacional para evaluar si nos hemos consolidado como un régimen democrático o no. Además, la constante comparación con Estados Unidos u otros países de Latinoamérica, permite al lector confrontar la idea de la excepcionalidad mexicana.

Una de las preguntas clásicas de la literatura y filosofía política es cuál es el mejor régimen político para una vida en sociedad. Por ejemplo, Aristóteles, en La República, plantea que el mejor régimen posible es aquel que permite una vida plena a sus habitantes y que es electo por el hombre de la clase media. Otros teóricos han abonado a esa pregunta primordial y han añadido complejidades como la división de poderes, las fórmulas de representación política y los alcances de la participación del ciudadano común.

Lo que parecería obvio es que, para plantear una respuesta, es necesario conocer el concepto del que hablamos. Este no es el caso de los mexicanos. Roderic Ai Camp muestra la vaga definición que tenemos de democracia, razón por la que se puede explicar la falta de entendimiento entre las élites, entre los ciudadanos y en la interacción de ambos. Mientras que en Estados Unidos el 64 por ciento de las personas definen la democracia como libertad, en México sólo es 25 por ciento; sólo 8 por ciento de los estadounidenses la definen como igualdad, contra el 26 por ciento de los mexicanos.

La definición del concepto tiene consecuencias directas sobre lo que se espera de él. Por ejemplo, México es unos de los países del continente que muestra menor apoyo a la democracia, de acuerdo con el Estudio de Cultura Política en las Américas realizado por el Proyecto de Opinión Pública de Latinoamérica (LAPOP, por sus siglas en inglés) de la Universidad de Vanderbilt. Lo anterior se debe principalmente a que, a pesar de la reciente transición política (año 2000) y el establecimiento de una democracia electoral con competencia, los mexicanos no han visto satisfechas sus demandas por mejores condiciones de vida.

De hecho, el mismo estudio de LAPOP muestra que México está entre los países que tenderían a apoyar más un golpe militar en contextos de alta criminalidad o corrupción, tan sólo por debajo de Jamaica o Perú. Lo anterior para Ai Camp sería muestra de que el régimen no está del todo consolidado, pues para él lo estará cuando “se libera de factores de los cuales puede demostrarse que clara y directamente conducen de nuevo a un régimen no democrático”. Lo que hay que entender entonces es la razón del descontento con el régimen.

En el libro Por qué fracasan los países (Deusto, 2012) Daron Acemoglu y James Robinson conceptualizan dos tipos de instituciones: extractivas e inclusivas. Las primeras son aquellas que excluyen de lo público a la mayoría, mientras que las segundas promueven la participación de tal manera que se maximiza el uso de los talentos y habilidades ciudadanas. De acuerdo con los autores, una de las consecuencias de la conquista española fue es establecimiento de instituciones extractivas y la formación de una estrecha relación (perversa) entre las élites políticas y económicas, las cuales se benefician del statu quo en detrimento del bienestar de la mayoría, por lo que difícilmente se pueden esperar cambios radicales.

Roderic Ai Camp llega a una conclusión similar. Por ejemplo, una institución colonial como el Virreinato fue sustituida por el Presidencialismo. Contrario a la inspiración federalista de algunos de los liberales mexicanos del siglo XIX, las estructuras políticas en México tienden a la centralización excesiva del poder en una élite que ha evolucionado en sus formas de relación, pero que impone altas barreras a la participación ciudadana en la democracia. Sin embargo, la influencia del capital internacional, la democracia electoral y el surgimiento de nuevos actores sociales han erosionado esa centralidad. Como resultado, el sistema político genera una contradicción entre lo moderno y lo tradicional, o más claramente entre la democracia y el autoritarismo.

¿Cómo se resuelve esta contradicción en beneficio de la democracia? Lo primero es identificar los tres principales obstáculos: la desigualdad del ingreso, la corrupción política y el débil Estado de derecho. El reverso de cada uno nos llevaría a un país distinto. Sin embargo, hoy la impunidad es noticia de todos los días, ésta alienta las prácticas políticas de corrupción que acaban en una mala distribución del ingreso y que los beneficios de cualquier crecimiento económico sean capturados por los más beneficiados. Por la realidad descrita no debería de sorprendernos, entonces, la insatisfacción ciudadana con la democracia.

Actores intermedios, como los partidos políticos tienen una gran responsabilidad para llegar a un equilibrio óptimo. Estos son los vehículos democráticos típicos para la participación de la ciudadanía en la vida pública. Sin ser una premonición, el autor señala que “ningún partido tiene seguro el futuro político en el país” y deja claro que uno de los efectos de la competencia electoral es que el desempeño de los servidores públicos en sus cargos y la rendición de cuentas son fundamentales para la viabilidad de los partidos. A cinco años del análisis de Ai Camp podemos ver cómo los partidos tradicionales se desdibujan, se cierran a la ciudadanía, se coaligan por el poder y abandonan una oferta programática coherente, lo que ha dado paso a candidaturas independientes y la irrupción de nuevos partidos.

Como corolario, hoy parece más plausible el deterioro que la consolidación democrática en México. Hasta ahora, el sistema político no ha brindado respuestas claras a los ciudadanos que buscan espacios de participación en lo público para que los beneficios de la democratización y la apertura económica lleguen a ellos. Parece que la lucha es por arrebatarle a una élite el control de los recursos políticos y económicos que han mantenido por décadas. Desde ya, hace falta pensar en una actualización del libro para entender el desenlace al que nos dirigimos.

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Me gustan temas de regulación y competencia económica, desarrollo, desigualdad, gobierno abierto, participación ciudadana y derechos del consumidor. Ahora en la política de vivienda del país.

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