¿Vetará EPN la #Ley3de3?

Después de la controvertida aprobación de las leyes que conforman el sistema anticorrupción, ha surgido la petición para que el Presidente vete los artículos 29 y 32 de la nueva Ley de Responsabilidades. Por lo pronto, la petición tiene ya 80 mil firmas y la Presidencia ha pospuesto el evento de promulgación del paquete de leyes. Ahora bien, ¿podemos esperar realmente un veto del Presidente?

De acuerdo con un estudio de Magar y Weldon (2001), el veto presidencial en México fue utilizado ampliamente entre 1917 y 1969[1]. De hecho, se vetaron 245 proyectos de ley en el periodo, principalmente sobre temas de jubilaciones y pensiones (154). En dicho periodo, los presidentes que más utilizaron esa facultad fueron: Plutarco Elías Calles, Emilio Portes Gil y Pascual Ortiz Rubio. No es casual que durante el llamado Maximato se haya utilizado más esta figura, en 8 años (1924-1932) hubo 3 presidentes que enfrentaron congresos divididos y, a través de Calles se empezaba a formar el régimen de partido único.

Una vez consolidado el régimen, entre 1969 y el año 2000, no se observó ni un solo veto presidencial. Hay que recordar que fue hasta 1997 cuando el Ejecutivo enfrentó un congreso dividido y en el 2000 hubo alternancia en el poder. Entre el año 2000 y el 2012, observamos que los presidentes volvieron a usar esta facultad, que tiene como propósito hacer visibles sus preferencias sobre política pública. En total se ha usado en 26 ocasiones.

En los más completos estudios sobre el veto en México (Montiel Olea, 2010 y 2013) se muestra que esta figura ha sido utilizada por los ejecutivos de manera total y manera parcial[2]:

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Tomada de Montiel Olea (2013)

En lo que va del sexenio del Presidente Peña Nieto no se ha observado el uso de esta facultad de relación con el congreso, y sólo ha hecho uso de la iniciativa preferente una sola vez. Por el contrario, desde la concepción del “Pacto por México” ha buscado que haya consensos en las cámaras que reflejen sus preferencias y que él pueda publicar sin problemas. Sin embargo, en el caso de la #Ley3de3 se ha observado una división clara de las bancadas en el congreso y una exigencia social inusitada, que va desde las más de 630 mil firmas por la iniciativa ciudadana hasta empresarios tomando el Ángel de la Independencia.

Puede ser que el Presidente, contrario a la tradición más priísta de los últimos presidentes del S. XX, decida usar esta facultad que le da el artículo 72 constitucional. Podría mandar una enmienda a los artículos 29 y 32 de la Ley de Responsabilidades, que podrían ser revisados por el Congreso para a la vez que puede publicar el resto de las leyes del sistema. La ventaja del veto parcial es que da una nueva oportunidad de diálogo con el Congreso. Como decíamos, el ejercicio del veto revela las preferencias reales del Presidente sobre esa Ley, si lo ejerce puede mostrar su compromiso con la ciudadanía, si no lo hace sabemos lo que significa.

ACTUALIZACIÓN (23/04/2016)

El Presidente mandó enmiendas las leyes del sistema anti corrupción. Es un veto parcial (enmiendas), que el Congreso tendrá que discutir.

[1] Magar, Eric, y Jeffrey Weldon (2001), “The Paradox of the Veto in Mexico (1917-1997)”. Presentado en la 60th Annual Midwest Political Science Association meeting, Palmer House Hilton, Chicago, Illinois. Abril 26.

[2] Montiel Olea, César. (2010) Repensando los poderes presidenciales: un estudio del veto total y parcial en México, 1997-2009. Tesis de Licenciatura en Ciencia Política, ITAM. Y ver: Montiel Olea, César (2013). “Presidential vetoes in practice: a preliminary study for Argentina, Brazil, and Mexico”. Documento de trabajo, Department of Politics, NYU.

El dilema del político: House of Cards 3

*Spoiler Alert* Si no la has visto no sigas leyendo.

Terminé la tercera temporada de la serie al día siguiente de que se hubiera estrenado, 11 horas de seguir la presidencia de Frank Underwood. En general, creo que es la temporada más compleja, lenta y hasta aburrida de las tres; a la vez me parece que retrata mejor que las anteriores lo que significa el ejercicio del poder.

En su extraordinario libro, Politician’s Dilemma, Barbara Geddes analiza la conducta egoísta de los políticos y modela los cálculos que deben hacer a la hora de tomar decisiones. Dice que el dilema más común que enfrentan es el conflicto entre la necesidad del política de supervivencia inmediata y los beneficios a largo plazo que puede ofrecer en materia económica. Así los políticos tienen que decidir entre políticas que los pueden ayudar a ganar la elección inmediata o hacer reformas que tendrán efectos en el largo plazo.

Este es precisamente lo que Underwood vive en esta temporada. Ante la crisis política interna que el propio presidente detona con las acciones de ascenso al poder, necesita ganar popularidad y unión en torno a una política sello de su administración. America Works es su propuesta, crear 10 millones de empleos a costa de fondos de retiro y ahorro de los trabajadores. Un plan que retrata el propio dilema intertemporal, dar empleo hoy a costa del bienestar futuro de los trabajadores.

Pero el ejercicio del poder, también lo va dejando solo. Mientra durante el ascenso podía ofrecer algo a cambio del apoyo de los demás, ahora en la cima no tiene nada que ofrecer. Ser presidente lo dejó sin un plan. Una política de apropiación de fondos y redistribución no es suficiente para convencer a nadie de su apoyo. Jackie, Remy, Mendoza, y al final de la serie Claire, van dejando solo a Frank (el único que se mantiene fiel es Doug, aunque da la impresión contraria). No hay acción, amenaza o dinero que pueda convencer de que un político como él, que en esta temporada muestra sus torpezas al frente del poder, merece ser seguido.

Por ello no es casualidad que trate de utilizar la otra gran carta para ganar apoyo: la política exterior. en la opinión pública se estudia el efecto “rally ‘round the flag”, en el que crisis internacionales o guerras hacen que el electorado se una en apoyo a su presidente. Por eso, tensa las relaciones con Rusia a través de un plan de pacificación en el valle de Jordania. Sin embargo el plan falla ante la ambición de su esposa, sus propias ambiciones y la incapacidad del personaje para comunicar claramente el propósito de su conflicto con Rusia. A la larga, su comportamiento errático en ese caso le cuesta su relación con Claire, quien es parte fundamental en esta temporada.

Por último, su búsqueda por la reelección (aunque el nunca fue electo, pero es el incumbent) es igualmente un desastre. Se lanza con la popularidad por los suelos, sin nada que ofrecer al público más que su fallida política de America Works y el desastre de política exterior. Por otro lado el enfrenta el abandono de su equipo (Jackie y Remy) y el poco apoyo de su partido, donantes de campaña etc.. Entonces, como pocas veces Frank trata de utilizar a Claire, rompen la típica relación de equipo que habían tenido, provocando que al final ella decida irse.

A ver cómo continúa la siguiente temporada. Dejo algunos artículos más completos sobre el análisis de la temporada:

House of Cards season 3 is the show’s best — and worst — season so far. Vox

House of Cards Season 3: The Binge Review (Episodes 1-13). The Atlantic

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Voto por el respeto a la ley, voto por Josefina

Por Laura Méndez (@lauramendez)

Hace poco menos de 6 años entré a trabajar al Gobierno Federal. En aquél momento mi única experiencia con la administración pública habían sido los libros y mis clases de Derecho Administrativo. Ingresé en enero de 2007 a la Oficina de la Secretaria de Educación Pública, cuya titular era Josefina Vázquez Mota. A lo largo de varios meses pude darme cuenta no sólo de la calidad profesional de Josefina y su equipo de trabajo, sino también de la calidad personal y moral de cada uno de ellos.

Haber ingresado a este gobierno, encabezado por el Presidente Calderón rompía todos aquellos mitos de “la decepción” que un estudiante puede llevarse al encontrarse con la vida real. Al contrario, con Josefina y con este gobierno (colaboré posteriormente en Presidencia de la República) pude darme cuenta de que muchos más servidores públicos compartían y luchaban día a día por esos ideales. No faltaron aquellos momentos de reflexión, de cuestionamiento, pero eso es parte también del día a día: escuchar opiniones distintas, tratar de conciliar intereses opuestos y buscar siempre el interés general.

Quizá este Gobierno Federal es el único gobierno que conozco profundamente, pero puedo afirmar que durante estos cinco años he visto cómo Josefina Vázquez Mota y el Presidente Calderón, así como sus equipos, han ejercido sus cargos públicos respetando siempre las leyes y las instituciones.

No soy panista, ni adherente ni militante. Sin embargo, confieso que simpatizo con los ideales del partido y he creído que el proyecto del Presidente y del PAN va de la mano con mi convicción y compromiso por mi país.  Y así como yo, un gran número de personas se fueron sumando a este proyecto de forma institucional.

Finalmente, debo decir que estoy convencida que la democracia se construye con el diálogo y con el fortalecimiento de derechos y libertades, y aunque hay pendientes, este Gobierno ha avanzado en esa labor. Sin duda han existido errores, y se tienen que corregir, pero los aciertos son mayores. Yo no quiero el regreso del autoritarismo, del “tráfico de influencias” a cambio de derechos fundamentales. No quiero el regreso de aquellas historias que era fácil escuchar en los pasillos de Palacio Nacional que habían sucedido en los sexenios anteriores al año 2000. No quiero el regreso del engaño, del cinismo y de la mentira.

Por ello creo que sin duda Josefina Vázquez Mota es la mejor opción para dirigir este país; su proyecto y su equipo son los mejores incentivos para votar por ella este domingo.

Yo no creo que AMLO sea un peligro para México, pero no voy a votar por él

Por Nuria Valenzuela (@nuriav)

Pueden consultar el texto original aquí

El único peligro que yo veo para México es el PRI. Votar por el PRI –especialmente por el PRI de EPN –es votar a favor de la corrupción y la represión y en contra de la democracia, los derechos y las libertades, punto. Así, por encima de cualquier otra cosa, se encuentra mi antipriísmo recalcitrante. Es por eso que hace meses dije que en la pista presidencial votaría por quien se encontrara en un (claro) segundo lugar a menos de 10 pp de EPN, sin importar su color. Yo esperaba con todas mis fuerzas que el tercer lugar se quedara rezagado y que el segundo lugar repuntara, pero no fue así.

Hoy faltan cuatro días para las elecciones y mi intensa y politológica obsesión por las teorías de voto estratégico me obliga a reconocer que las cuentas no salen. Dadas las circunstancias, estoy convencida de que EPN será nuestro próximo presidente. Sufro. Pero es que sufrir no es suficiente, tengo que votar por alguien. En realidad, sólo tengo dos opciones: AMLO o JVM. Dado que el voto estratégico quedó descartado, me tuve que poner a razonar muy seriamente mi voto.

En términos generales, tuve que valorar lo que han hecho los partidos/candidatos en otras gestiones/pistas y las propuestas/plataformas que están presentando en campaña. Y digo en términos generales porque todo tuvo muchos matices.

En cuanto a gestiones anteriores debo decir que el gobierno de AMLO en el DF abiertamente me gustó. Me ha gustado más la de Ebrard, sí, pero tenemos que reconocer que las bases las puso AMLO. Por otro lado, tengo que decir que la lógica y atribuciones de los gobiernos locales son muy distintas a las del gobierno federal. El problema con JVM es que no ha tenido ningún puesto de elección popular. En ese sentido, sólo me queda decir que su trabajo en SEDESOL y la SEP me parece razonable.

Hablando más sobre los partidos, debo decir que hay muchas políticas del PRD que me gustan y con las que coincido (sí, las progres). Otras no tanto. Por otro lado, tengo dos grandes conflictos con el PAN: la implementación de sus políticas y su política de seguridad.

Me explico. Cuando digo que tengo problemas con la implementación de las políticas del PAN es porque me parece que en términos generales tienen buenas ideas, pero nunca han entendido que las buenas ideas no se implementan sobre un lienzo en blanco. Los gobiernos tienen que trabajar con estructuras, mecanismos, lógicas, incentivos que ya existen, que no desaparecen con cambios de partido gobernante. El PAN parece no darse cuenta de esto. Hay que trabajar con y sobre lo que ya existe, por complicado, enredado y sucio que se encuentre, no desde la inmaculada teoría. El PAN se sigue preguntando por qué su teoría no jala, si se ve tan bonita en los libros. En el gobierno del PAN he visto un sinnúmero de buenas intenciones pero pocos resultados. Me parece que en gran medida, la respuesta es que no han sabido incorporar a la realidad en sus consideraciones. A esto debo agregar el desasosiego que me provoca la poca capacidad que ha mostrado el PAN (en general) para cohesionar equipos y negociar. Son malísimos. Por otro lado, la política de seguridad y sus consecuencias me parecen absolutamente inaceptables. Punto. Hasta aquí, parece que me estoy encaminando a concluir que voy a votar por AMLO y sólo los engañé con el título. No tan rápido.

A la hora de revisar plataformas, propuestas y campañas, todo se me complica muchísimo. Para poder explicar por qué, tengo que hablar un poco sobre las ideas con las que coincido. Primero, en cuestión de derechos y libertades soy radical. Sí, para mí el tipo de junto puede encerrarse en su casa a morir por una sobredosis de heroína. ¿Quién soy yo para impedírselo? Yo, por mi parte, tengo mejores planes, pero no me gustaría que absolutamente nadie interfiriera en ellos (creo que es una obviedad, pero por si acaso, hago explícito que siempre y cuando no afecte las libertades/derechos de terceros). Evidentemente, casi me da algo cuando escuché a AMLO más de una vez proponer el poner a consulta los derechos. Mi conflicto aquí no es tanto el si lo haría o no (quiero pensar que ya a la hora de la hora esto no pasaría). Mi conflicto es que él crea que es una buena idea andar diciendo esas cosas, que no le salte, que se vaya a dormir tranquilo con esto. ESO es lo que me saca ronchas.

Es un problema de formas en general y lo de los derechos no es la única expresión de esto. En realidad, una gran parte de las quejas contra AMLO me parecen infundadas. Con respecto al desprecio a las instituciones, tendría que decir que no pero sí. Una vez más, no creo que estando en el poder realmente represente una amenaza para las instituciones. No, no lo creo. No tengo evidencia para asegurarlo. Pero en las formas, en el mensaje que manda, en la validación de la idea de fraude, en denostar cifras e instituciones cuando resulte conveniente, ahí sí me pierde. Me parecen estrategias de campaña muy chafas. Insisto, no creo que sea un peligro para nuestras instituciones, pero creo que sus formas son un tanto irresponsables ante la imagen de nuestras no muy arraigadas (y a mi juicio sí muy importantes) instituciones. Más ronchas. Son sus formas las que hacen que la gente crea que es mesiánico, populista y fuertemente incongruente. Yo no lo creo, pero insisto, sus formas simplemente no me gustan.

 (Si a formas nos vamos, no puedo dejar de mencionar que el discurso machista de JVM me molesta profundamente, sin duda, pero las formas de AMLO me molestan más.)

Probablemente piensen que eso de las formas es un argumento muy chafa para no votar por él. Tienen razón. Ese no fue el factor que determinó mi decisión (aunque sí es lo que hace que me caiga fatal). Donde se terminó de fregar el asunto es en la concepción de cómo resolver los problemas del país. Además de politóloga, soy economista del ITAM, con todo lo bueno y malo que eso implique o al menos parezca implicar. La verdad es que entré al ITAM creyendo que necesitaba conocer las ideas bien para poder criticarlas mejor. Al final, me di cuenta de que la idea del libre mercado me gusta y me convence. No, no me lavaron el cerebro, simplemente aprendí lo que la grandísima mayoría que utiliza el término “neoliberal” no sabe. Yo no sé de “políticas neoliberales”, para mí, es un término vacío que la gente usa sin ton ni son para criticar todo lo que les huela mal. De lo que sí sé es de políticas económicas neoclásicas o liberales. De eso sí sé y tengo una opinión muy clara al respecto.

Coincido no sólo con AMLO, sino con cualquier persona que pueda ver más allá de su nariz, en que nuestro país tiene un grave problema de pobreza, desigualdad y corrupción. En lo que no coincido es en la manera de atacar estos problemas. El libre mercado necesita ser libre para funcionar (de ahí su nombre, evidentemente) y el papel del gobierno debe ser el garantizar la corrección de fallas de mercado. Perdón, pero permitir que nuestra economía esté plagada de monopolios dista de ser una política neoclásica. Yo no puedo echarle la culpa al sistema económico liberal, sin haber visto que éste se haya implementado adecuadamente. Simplemente no puedo. Yo sí creo en las ventajas comparativas y competitivas, sí creo que México puede beneficiarse de las relaciones económicas con el exterior, sí creo en el poder de la competencia, sí creo en la inversión privada, no creo en los subsidios absurdos ni en los impuestos ineficientes (aunque sí creo que existen subsidios e impuestos adecuados y eficientes).

La realidad de México, sin embargo, me lleva a relajar mi liberalismo económico un poco más allá de ver el papel del gobierno exclusivamente como corrector de fallas de mercado. Creo que hay programas sociales que pueden resultar bastante benéficos y ayudar a disminuir los problemas de desigualdad y pobreza. A pesar de ello, de fondo, tengo un problema con AMLO.

Es justo en su propuesta económica donde encuentro las incongruencias y diferencias fundamentales. ¿Subsidio a la gasolina? ¿No que primero los pobres? Todo el mundo sabe que es uno de los subsidios más regresivos que existen (sin olvidar el impacto ambiental, por supuesto). A mí (Nuria) no me convienen los gasolinazos, pero a mi país sí. En vez de estar haciendo cuentas alegres que suenen bonitas en campaña, debería oponerse tajantemente a los subsidios a la gasolina y proponer el utilizar ese dinero en políticas sociales. Sí, para ayudar a los pobres en vez de beneficiar a los ricos. Otro ejemplo: ataca fuertemente las “políticas neoliberales” pero defiende férreamente la competencia y la eliminación de los monopolios. Bien, muy bien ahí, sólo que la lógica de esto proviene justamente de la teoría económica neoclásica. Sí, de aquel monstruo de mil cabezas llamado libre mercado. Uno más: combatir la corrupción y disminuir el sueldo de los funcionarios. Perdón, pero lo segundo incentiva lo primero. AMLO puede ser muy honesto, pero nada justifica que el resto lo sea. A mí me parece que lo que debe hacerse es eliminar los privilegios, no disminuir los sueldos. ¿Qué perfil de funcionarios estaría generando? La corrupción no es fácil de combatir y ¿propone complicar el asunto aún más?

En la parte económica tengo grandes coincidencias con el PAN (por lo menos ideológicas). Sí, a mí no me da miedo decir que las “políticas económicas de derecha” me gustan. La implementación no ha sido adecuada, no, pero el enfoque básico para resolver los problemas sí me gusta. Por otro lado, la estabilidad macroeconómica que le han dado al país me parece su logro más importante (por más lugar común que suene). ¿A qué voy? No me parece nada extraordinario, pero por lo menos no me causa el conflicto existencial de la propuesta de AMLO. Además, en el tema de la reforma política (que me parece fundamental para continuar con la construcción democrática del país), aunque no coincido del todo con nadie, la propuesta del PAN es la que más me gusta. No me gusta que quieran quitar legisladores de RP, pero estoy de acuerdo con el apoyo abierto a la reelección, por ejemplo (creo que le faltan cosas, pero ese es otro asunto). Siento que va por buen camino, es todo.

Por otro lado, el asunto del gabinete me parece un argumento bastante malo. La última vez que leí la Constitución, vivía en un presidencialismo donde el gabinete del Ejecutivo dependía del presidente. Por favor, si esto cambió, alguien infórmeme. La gente que propone puede ser muy buena, pero nada nos garantiza que trabajen bien como equipo, nada nos garantiza que los quite si no le funcionan, nada nos garantiza que aguanten hasta el final. ¿No resulta razonable pensar que alguno de ellos pueda llegar a hartarse de las formas de AMLO? Perdón, pero yo estoy votando por un presidente y su agenda. El gabinete que elija debe seguir esta agenda, son sus subordinados, no sus iguales. ¿Quieren votar por gabinetes? Pidan una reforma del sistema político hacia un parlamentarismo. Por lo pronto, hasta donde yo sé, vivimos en un presidencialismo.

Antes de llegar a la parte final y “más técnica” de mi justificación, me gustaría decir algo que admito, probablemente tiene que ver más con una percepción que con algo que pueda justificar convincentemente. Siento que el PRD, especialmente los AMLOistas de hueso colorado, tienden a ser más intolerantes que la mayor parte del PAN. Conozco, ciertamente, perredistas muy razonables, respetuosos y abiertos a otras ideas (sí, en la parte progre del PRD que tanto me gusta), así como conozco panistas yunquistas impresentables. Pero me parece que tomando un perredista y un panista al azar, las probabilidades de que el primero resulte más intolerante que el segundo son muy altas. Insisto, es sólo mi impresión.

Por último, voy a la parte de mi voto federal en su conjunto. Si quiero ser congruente, mi voto por AMLO implicaría un voto por el PAN por lo menos en la Cámara de Diputados. El problema es que sí hay una parte del PRD que me gusta, la parte que siento que podría suavizar el discurso “anti neoliberal” e intentar en cierta medida utilizar el libre mercado a su favor, la parte que tiene como elemento primordial de su agenda los derechos y libertades que a mí tanto me importan. En este sentido, creo que en la presidencia la persona influye más en el partido que el partido en la persona, mientras que en el caso del congreso, esto se matiza. Así, me parece menos costoso el sacrificar el voto por un candidato con una agenda con la que no concuerdo en muchos puntos fundamentales, que sacrificar la posibilidad de sentirme medianamente (o incluso grandemente) representada en el congreso. (Debo decir que me tranquiliza ver que lo peor de la izquierda está en las listas del PT, afortunadamente, puedo elegir no dar uno solo voto a los partidos chicos).

Nunca he votado por el PAN, pero este domingo, con mucho pesar, votaré por el PAN para la presidencia y por el PRD en las dos cámaras federales. Mis votos locales irán todos para el PRD porque me gusta el rumbo que está tomando mi ciudad y quiero que siga así. Ahí, afortunadamente, no tengo nada que pensar.

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Cuando leí el texto de Andrés aún no decidía mi voto, pero me pareció interesante la idea de exponer ideas y argumentos más allá de la decisión concreta. Me gustó como ejercicio democrático. Por otro lado, lo que realmente me motivó a escribir esto fue que no quiero darle mi voto al PAN sin hacer públicas las críticas que tengo al respecto. No sé, me deja más tranquila exponer esto independientemente de quién lo lea o de que en las urnas los votos no lleven justificación.

De por qué voy con Josefina… y no con las alternativas

Por Jaina Pereyra (@jainapereyra)

En un acto de honestidad, debo comenzar diciendo que de 2008 a finales de 2011 trabajé en el Gobierno Federal y que este año he trabajado en la campaña de Josefina Vázquez Mota a la Presidencia de la República. Debo decir, también, que mis padres son académicos, que siempre me gustó la escuela y que toda la vida creí que me dedicaría a diseñar Política Pública para superar la pobreza. Estos últimos años han representado la entrada a un mundo desconocido, aquél en el que se ejerce la política; un mundo que, a estas alturas, a ratos todavía me parece profundamente ajeno.

En estos años he tenido la oportunidad de estar cerca de funcionarios de primer nivel. He tenido la suerte de trabajar para personas que han tolerado, hasta bienvenido, mi naturaleza crítica constante y mi idealismo, que de repente se parece más a una inmadurez remanente que a una cualidad. En estos años he participado de proyectos que tenían la agenda decidida de procurar cambios para fortalecer a la ciudadanía, como la Reforma Política y, también, me he sentido frustrada por saber que hay cosas que se hacen mal, por el hecho de que haya agendas que no encuentren apoyo cuando he creído que se justifican solas y, sobre todo, por la inconstancia e incompetencia de muchas áreas de gobierno.

Con esto quiero decir que, a pesar de haber trabajado en un gobierno y una campaña panista, estoy convencida de que los panistas tienen muchos pendientes en su gestión, muchas críticas que asumir y muchos cambios que ejecutar. Claro que me duele la pobreza y me duele la violencia, y me duele el cinismo de muchos en la clase política. Me duele el país en muchas de sus heridas. Y me duele la inequidad, y me duele la simulación y me duele la impotencia. Pero me duele más sentir que el país está tomando una decisión profundamente relevante con argumentos banales, con fundamentos falsos y con fantasías que no basta creer para que se cumplan. Con esto justifico este texto.

Por la naturaleza de mi trabajo, en estos últimos años me he dedicado a buscar elementos para demostrar que el PAN ha gobernado mejor que el PRI y los he encontrado en los rubros de desarrollo social y de estabilidad económica. He argumentado a favor de la focalización de los recursos en programas de transferencias condicionadas porque técnicamente se justifican, así como se justifica el sistema de libre flotación del tipo de cambio y una política restrictiva que privilegia el control inflacionario sobre el gasto para promover el crecimiento. No estoy de acuerdo con políticas de decreto de precios, incluido el salario. Reconozco que México hoy tiene una de las tasas más bajas de desocupación entre países de la OCDE y no me parece un logro menor, así como no me parece menor el control inflacionario, ni el cierre de Luz y Fuerza del Centro. Estoy convencida de que es benéfico que las devaluaciones en estos doce años hayan sido de mucha menor intensidad, más espaciadas y menos dañinas. Reconozco la actuación del gobierno ante la crisis económica de 2008 y creo que la dimensión de ésta no se ha comprendido realmente. Defiendo una tasa impositiva única y estoy convencida de que a los pobres debe compensárseles este cobro mediante el gasto público que tiene ventaja comparativa respecto a la recaudación.

He reconocido, también, los mecanismos de transparencia y rendición de cuentas impulsados por gobiernos del PAN, aun cuando sé que son incompletos e insuficientes. He agradecido la libertad de expresión, aunque en estos años también la he visto plantarse débil ante intereses políticos y económicos. He abogado por la lucha contra la delincuencia organizada que inició este gobierno, porque yo sí creo que un gobierno tiene la obligación ética de luchar contra lo que es ilegal, contra lo que causa temor, amenaza y desasosiego, a pesar de que he lamentado la violencia con la que se ha respondido y los evidentes errores y desaseos en los que se ha incurrido. También he asumido que no es una lucha contra las drogas, sino contra las estructuras que han ido diversificando sus áreas de operación a la trata de personas, el secuestro y la extorsión.

A pesar de haber escuchado en mi casa que los militares eran siempre símbolo de represión, participé con convicción en la defensa del Estado mexicano contra Rosendo Radilla y sigo defendiendo la presencia del Ejército en las calles, porque yo sí creo en las Fuerzas Armadas, en su honestidad, en su disciplina y en su entrega. He condenado, también, las violaciones a los Derechos Humanos que se han documentado y he defendido que han sido casos aislados y no una política generalizada. Recuerdo haber estado presente cuando a mis jefes se les notificaron los casos de la guardería ABC y del Casino Royale. Estuve en desacuerdo con la respuesta del gobierno en ambos casos por distintas razones, pero tuve la fortuna de estar cerca y de poder entender las decisiones que se tomaron y sus porqués.

Yo no creo, como dicen algunos, que el PAN haya representado más de lo mismo. Por lo menos no en muchas áreas que probablemente me resultan más relevantes que aquéllas en las que la aseveración es cierta. Tampoco creo que el PAN haya dado de sí. Creo que no hay un punto de agotamiento para la estabilidad económica, que, desde mi perspectiva, es el mayor acto de responsabilidad de este gobierno.

Creo que la situación hoy no es satisfactoria y que faltan muchos pasos para llegar a niveles de desarrollo aceptables, pero no me convencen las alternativas que se plantean porque, ya en la teoría, ya en la práctica, han demostrado ser equivocadas. Estoy convencida de que la democracia necesita volverse más funcional, que los incentivos deben reacomodarse, empoderar a la ciudadanía y promover competencia en muchas áreas. Creo que el PAN ha impulsado muchos de estos cambios necesarios y creo que la habilidad política ha fallado para alinear la cooperación. Sin embargo, creo que si otro partido creyera en eso, la cooperación se habría dado, que habrían demostrado merecer el gobierno por promover una mejor agenda y no lo han hecho.

Creo en la libertad. Así como otros creen en la equidad y otros más en el orden, yo creo en la libertad. Y creo que el gobierno tiene la obligación de generar las condiciones que permitan a los individuos actuar con libertad para escoger su futuro y diseñar su destino.

En diciembre del año pasado, también por naturaleza laboral, tuve que aprender acerca del Partido Acción Nacional. Mi primera gran sorpresa fue descubrirlo como un partido definido por la libertad. Ese partido que yo asociaba con la penalización del aborto y la condena a los matrimonios del mismo sexo, se había construido alrededor de la premisa de que la libertad es el valor social más relevante.

Cuando Josefina era precandidata y yo confiaba en que ganaría la contienda interna, me repetía que el PAN volvía a una esencia liberal, que qué tan conservador podría ser un partido que elegía a una mujer para que lo representara.

Jamás me planteé votar por Andrés Manuel. No tolero su incongruencia, su gobierno de voluntad y fantasía. No creo en eso porque he estado en gobierno y sé que ni la honestidad se decreta, ni la técnica es irrelevante. No soporto su forma intolerante de ver a quien piensa diferente, no soporto sus conclusiones de fraude, sus paranoias, su falta de seriedad, su soberbia. No soporto que manipule a los pobres, a los más vulnerables, que les prometa un bienestar que su política pública sólo amenaza. No soporto que tenga que mentir para convencer, que no pueda argumentar sin burlas, sin ficciones, sin descalificaciones. No creo en la política pública que propone, la poca que realmente es propuesta de gobierno y no un catálogo de buenas intenciones, porque estudié muchos años la evidencia para contradecirla. No quiero que sea Presidente porque valoro la libertad que hasta ahora tengo y Andrés Manuel cree que los regímenes que promueven la libertad son de pillos, de ladrones, de quienes se quieren aprovechar de los pobres. Eso no es cierto. Tampoco tolero su falta de posicionamiento en agenda de libertades sociales, acaso la que debería definir una candidatura de “las izquierdas”. Finalmente, le recrimino no haber usado el capital político que obtuvo en el 2006 para promover una agenda desde la oposición. Si tuviera tanto compromiso con “el proyecto alternativo de nación”, ¿no tendríamos que poder identificarlo por lo menos en algún intento de legislación? Reconozco, sin embargo, la atención constante a la pobreza en su discurso. Me parece insuficiente, pero la reconozco por relevante.

Tampoco me planteo votar por Peña Nieto. Porque no confío en él, ni en quienes lo acompañan; porque no me gusta el robo como política pública descarada, porque me preocupa el endeudamiento al estilo Coahuila. No me gusta Peña Nieto porque se ha opuesto a la reelección legislativa, revelando una comprensión poco ciudadana del gobierno. No me gusta porque creo que si el PRI regresara a los Pinos, va a ser muy, muy, muy difícil que se vuelva a salir. No me gusta su incultura, pero no me preocupa tanto como su falta de transparencia, de autenticidad. No me gustan los rasgos autoritarios que se han evidenciado en la campaña, ni me gustan los gobiernos locales encabezados por el PRI. No me gusta, tampoco, desconocer absolutamente qué tipo de gobierno proponen, qué tipo de ideales defienden; no me gusta que su única definición sea la indefinición. ¿Sigue siendo un partido revolucionario? ¿Es un grupo de tecnócratas? ¿Es esa tómbola que osciló entre unos y otros? Aquél que vota PRI, ¿qué proyecto de nación está suscribiendo? Pero reconozco la disciplina de su equipo y una campaña ordenada, orientada y fuerte, a pesar de todo.

Entré a la campaña de Josefina creyendo firmemente que es la mejor opción. Entendí todas y cada una de las críticas que se me plantearon a su candidatura. Que si era poco natural, que si su sonrisa era fingida, que si era “mocha”,  que si el “diferente” era esquivo e insustancial, que si su equipo era de ineptos, que si sus primeros spots eran muy oscuros, que si los errores de la campaña. Las entendí y, algunas, incluso, las compartí, pero he estado convencida siempre de que tiene las características profesionales y personales que busco en un Presidente. Jamás la opción de votar por ella ha sido por eliminación o por conveniencia, sino producto de una activa convicción.

Yo sé que las propuestas de campaña son promesas no verificables, que hoy los ciudadanos no tenemos mecanismos para exigir su cumplimiento. Sin embargo, creo que en la propuesta misma se evidencia una concepción de lo que y cómo debe ser el ejercicio de gobierno. No me parece irrelevante que en los auditorios y consejos de expertos en los que se han calificado las propuestas, Josefina haya obtenido mayor puntaje que sus adversarios.

En estos meses, además, he tenido oportunidad de verla de cerca, de empaparme en su trayectoria; de reconocerla como una excelente funcionaria, porque he aprendido de su gestión, de su agenda y de sus embates. Pero también la he visto actuar en espacios de trabajo y de deliberación. Y me ha ido convenciendo más de mi decisión. Me gusta que escuche a todo el que se dirige a ella. Escucha con atención, reflexiona, adecúa, vuelve a plantear. Me ha sorprendido su capacidad para poner orden sin recurrir a los gritos, ni a las descalificaciones. Me gusta que sea pícara, que sea incisiva, que sea inteligente. Y me he admirado de la fuerza inconmensurable con la que trabaja jornadas extenuantes que pocos pueden acompañar a cabalidad. Fuerza física, pero también una fuerza emocional impresionante para aceptar las críticas de sus apoyos más cercanos, que, a veces, incluso en los días más aciagos, lanzan como metralletas.

Esta fuerza se ha vuelto más evidente cuando me he puesto a reflexionar que ha logrado llegar a donde está en un mundo que sigue siendo de hombres. Entiendo a quienes han criticado a Josefina por apelar a su naturaleza de mujer. Al inicio de la campaña yo también decía que no, que a las mujeres trabajadoras nos molestaba que nos dijeran que merecíamos algo sólo por ser mujeres; que se trataba más bien del reconocimiento de que, a pesar de que a las mujeres se nos exija el doble, hayamos llegado a avanzar lo suficiente para que se nos tomara en cuenta.

En estos meses, viendo las dinámicas de la campaña, recordando las dinámicas de gobierno e, incluso comparando con mis contrapartes en la industria privada, veo que me equivoqué, que sí merecemos algo por el simple hecho de ser mujeres y ese algo es que no tengamos que competir en condiciones de inequidad; que no lleguemos a juntas y se asuma que somos las asistentes, que no tengamos que resolver el fondo del trabajo para quedarnos afuera de la reunión; que no nos pidan café porque ser mujeres implica que podemos servirlo;  que no seamos quienes capturan los acuerdos en la computadora, quienes se ocupan de que las citas se cumplan y quienes sirven de memoria colectiva para anticipar y resolver.

Cada día me convenzo más de que es realmente histórico que una mujer en México pueda ser Presidenta. Estoy convencida de que esto no sólo generaría una transformación en nuestro sistema político, sino también en nuestras relaciones familiares y culturales. Estoy convencida de que la agenda feminista no es la única forma de promover cambios en la realidad cotidiana de las mujeres. Creo que la llegada de mujeres al poder, cambia el poder y el creer de todas las demás mujeres. Me gusta todavía más la idea de que una mujer capaz pueda llegar a serlo, una mujer que se deja orientar, pero que tiene la fuerza de decidir.

Hace algunos años acompañé al que entonces era mi jefe a acuerdo con el Presidente. Esperábamos en la Sala Blanca de Los Pinos, cuando el mesero le trajo su bebida de costumbre. “¿Ya le ofreciste algo a ella?”, preguntó mi jefe al mesero señalándome, “nunca sabes si puedes estar hablando con una próxima primera dama”, alcanzó. “¡O una futura presidenta!”, reviré rápidamente y hasta incómoda me sentí con el planteamiento. Y la verdad es que sí quiero vivir en un país en donde sea igual de factible ser primera dama que ser Presidenta. Un país en donde mi género no determine mis alcances. Y, por todo esto, en esta elección, yo voy Josefina.

Voto por Josefina, continuidad diferente

Recuerdo todavía la elección de hace 6 años, se jugaba con otras reglas. La campaña arrancó a finales de enero y tuvo una duración de 6 meses. En febrero de ese mismo año se publicó una encuesta de la compañía GEA/ISA en la que mostraba un empate entre AMLO y FCH (30-30), desde ahí la competencia fue entre dos. A Roberto Madrazo lo había dejado solo su partido después del montaje que hicieron para elegirlo (TUCOM, Participación de Everardo Moreno), en la contienda, por más que sacó spots donde decía “te va a ir muy bien” y había criminales que se orinaban de miedo ante su dureza, no hubo forma de que remontara.

Mientras Felipe Calderón habló en la elección de empleo, seguridad y estabilidad económica, Andrés Manuel lo hizo de educación, combate a la corrupción y desarrollo social. El talón de Aquiles de AMLO fue el tema económico, las propuestas que planteó parecían anticuadas frente a la modernidad que ofrecía Calderón. Este tema fue el motor que impulsó la campaña del PAN y que le valió el triunfo el 2 de julio de 2006.

Han pasado casi 6 años y no han sido fáciles para el Gobierno del Presidente Calderón. No sólo decidió iniciar una lucha por la seguridad pública sino que le tocó enfrentar la fuerte crisis económica mundial que inició en 2008-2009 y de la cual no hemos salido del todo. También enfrentó la pandemia de la influenza, la peor sequía en décadas y las más grandes inundaciones y huracanes. Muchas cosas se han sorteado con éxito y otras no tanto pero el país ha cambiado en estos años.

Hay dos políticas fundamentales que se han acelerado en estos años. La primera es la de “pisos firmes”, imaginen que cuando llegó el S.XXI a México todavía 13% de las viviendas en el país tenían piso de tierra. ¿Qué significaba esto? Que precisamente las familias que ahí vivían estaban sometidas constantemente a enfermedades que les impedían desarrollarse plenamente y que estaban en constante riesgo ante inclemencias del tiempo. Lo que se hizo fue iniciar una política para colocar piso de cemento en esas casas, este programa que inició en el periodo Fox lleva ya más de 3 millones de pisos colocados (con FCH van 2,546,000). Este logro es importante porque al mejorar las condiciones de la vivienda de las personas, mejoras su salud, esperanza de vida y das oportunidades para el desarrollo de otras actividades.

La segunda política que destaco es el Seguro Popular. En 2006 más o menos 56 millones de personas tenían acceso a la salud (47 millones a través de IMSS, ISSSTE, PEMEX, etc) hoy más de 100 millones de mexicanos lo tienen. Para ello se ha incrementado y fortalecido la infraestructura de hospitales y centros de salud, el ritmo en este sexenio es a razón de 12 obras (construcción, remodelación o equipamiento) por semana. Lo que significa para las familias es tener tratamientos contra costosas enfermedades a un costo casi nulo. Mi desarrollo profesional me ha dado la oportunidad de hablar con beneficiarios y sus historias me han hecho ver que es la política pública más importante que se haya hecho.

Podría seguir con otras tantas como el largo período de estabilidad económica y política, la vigencia de las libertades, la transparencia, las políticas contra discriminación, la protección de minorías, la profundización de las políticas sociales, el fortalecimiento hacendario y del sistema financiero, la transformación de planta productiva del país, la generación de empleos, la gestión frente a la crisis mundial, la lucha por la seguridad, entre otras. La mayoría de éstas han tenido avances significativos durante estos años.

Y es precisamente lo bueno que se ha hecho en cuanto a políticas públicas lo que define el 50% de mi voto para Josefina. ¿Qué define lo demás?

Esta elección se ha planteado un clivaje claro sobre entre pasado y futuro, entre el regreso del PRI y no hacerlo. Y justamente el pasado significa un estado capturado por intereses particulares (sindicatos, empresarios, iglesias, etc) que impiden la toma de decisiones que serían óptimas en un escenario de no captura. El pasado también significa la discrecionalidad en la aplicación de la ley y el uso político de ésta; la visión del gobierno como orquestador de todo el cambio social, de las personas y su moralidad sobre la institución. Por ello coincido con quienes dicen que votar por el PRI es votar en contra de tus derechos civiles.

Además el PRI no puede quedar impune después de que durante los últimos 12 años ha bloqueado y/o modificado (para mal) reformas presentadas por PAN o PRD que representaban avances. Tampoco pueden quedar impunes de la deuda que han provocado en algunos estados y de que los territorios que gobiernan sean donde más crímenes contra periodistas se cometen, según Artículo 19. Lo anterior confirma que votar por el PRI es votar en contra de tus derechos civiles.

Por otro lado, la izquierda, representada por AMLO no ha sido capaz de plantear una alternativa moderna para el país. Sigue pensando lo mismo del país que pensaba hace 6 años. No le interesa que en los últimos tres años se hayan creado 600 mil empleos anuales, que la economía crezca más que la brasileña en este año y con mejor prospectiva a futuro, que el país sea el principal receptor de inversión aeroespacial en el mundo, que seamos una economía que produce más manufacturas que todo América Latina y el Caribe juntos. No le interesa porque el diagnóstico que hace de país está basado únicamente en sus prejuicios sobre la corrupción pública. Lo anterior es notorio cuando ves su consejo de sabios (o gabinete) que comparten un diagnóstico unívoco del país y que son incapaces de la crítica a su líder. Comete el error de pensar que se pueden cambiar los incentivos sin cambiar las reglas solo por una supuesta superioridad moral de las personas. Sigue pensando en un Gobierno que domine casi todas las áreas económicas a través de fortalecer la inversión pública en empresas del estado (cosa que sabemos que no es óptimo en el largo plazo). Elegir hoy a AMLO es pensar que nada en el país ha cambiado.

Yo prefiero una opción que además de continuar con buenas políticas públicas tenga una visión plural y liberal sobre la relación del gobierno y la ciudadanía. Josefina representa lo mejor del PAN, es la que sabe que hacer política es una exigencia y un deber individual para construir con el otro. Que defender la libertad es el fin de su quehacer político, y no sólo hablo de proveer las condiciones necesarias para ejercerla sino de aquella libertad que exige expandir las capacidades de los individuos. Es quien entiende que existe una brecha natural entre gobierno y sociedad, pero que sabe que se puede reducir con la participación ciudadana, con el fomento a pequeñas empresas, con el desarrollo de esquemas culturales, etc. Es pues quien nos ofrece un gobierno que funcione y que nos permita desarrollarnos en libertad.

El manejo de la adversidad es signo claro del tipo de políticos que elegimos. En la IBERO, por ejemplo, mientras EPN fue tajante con los alumnos y salió corriendo, Josefina propuso el diálogo que fuera necesario para responder cualquier pregunta que surgieran. Entiende que la sociedad civil no es un instrumento para validar sus políticas, sino que es una parte fundamental para la gobernanza, un pieza clave para la evaluación de la función del gobierno y un aliado para llegar a donde éste no puede. También cree en la libertad empresarial y en formular mecanismos de corresponsabilidad con el sector privado para mejorar la calidad de vida de las personas. Sabe que las reglas de decisión no sirven a los ciudadanos, por ello fue la única que se comprometió y defendió sin cortapisas la Reforma Política (y lo reiteró en el segundo debate que habló de reelección), que se comprometió a bajarle dinero a los partidos políticos, que defendió en la cámara la ley de asociaciones público-privadas, etc.

En fin, creo que una visión ciudadana e inteligente como la de Josefina, que sabe que el Gobierno no es suficiente para resolver todos los problemas sino que se requiere de la participación de la sociedad y del sector privado, es lo que necesitamos para consolidar las buenas políticas públicas que se han hecho y tener un gobierno diferente en su relación con los ciudadanos.